05

Ene

2024

Un poeta olvidado: Francisco Santur Urrutia

El poema que dedica a Piura está compuesto en sextinas o liras, que combinan versos de siete y once sílabas, aunque de distinto modo al que popularizará luego en España Núñez de Arce. Santur escribe a la distancia recordando en primer lugar el amor de su madre.

Por Carlos Arrizabalaga. 05 enero, 2024.

El repertorio digital del Instituto Riva-Agüero ha dado a la luz algunos impresos antiguos que habían quedado totalmente en el olvido, y uno de ellos es el folleto que se imprimió en Quito, en la oficina de Joaquín Terán, el año 1847, el mismo que consigna en su portada: “Versos del peruano Francisco Santur Urrutia”. En 32 páginas canta a la muerte de Olmedo y a la tumba de Bolívar, ensalza la religión y censura la milicia, y sobre todo ofrece en unos versos desiguales un sentido elogio a Piura. De este insigne piurano, nacido en tiempos de la emancipación, apenas he podido rescatar algunos datos. Su pariente José García Urrutia y Zela, diputado por Lambayeque, parece que le facilita una ayuda para que pueda estudiar internado en el Colegio San Fernando de Quito, donde va a ser compañero de estudios de Gabriel García Moreno, y de otros ciudadanos ilustres como Francisco Santistevan Rocafuerte, Pedro Pérez Pareja, Mariano Aguilera y Modesto Jaramillo. El presidente Rocafuerte había secularizado el colegio dominico en 1835, apoderándose de sus rentas, y en sus aulas propuso nuevos derroteros académicos, prefiriendo a los franceses y la filosofía escocesa de Reid y Smith, dice Julio Tobar Donoso, muy al gusto del liberalismo de la época y según la plática del exiliado español José Joaquín de Mora, gran amigo del propio Rocafuerte. Para Pablo Herrera, biógrafo de García Moreno, el colegio tuvo entonces un notable periodo de esplendor.

Los jóvenes participan activamente en las luchas políticas de la época. García Moreno le dirá en una ocasión a Santur que es mejor hacer historia que escribirla. Pero Santur está volcado en las letras, por más que no consiga ningún éxito. Todavía en Quito escribe un poema satírico: “La República de los Brutos”, en referencia al presidente Flores, y un ensayo dramático en dos actos: “La honradez militar”, cuya acción transcurre en Quito. Existe un ejemplar del texto, publicado en París en 1851, donde también publica un volumen de poesía en 1854, el mismo que se conserva en la Biblioteca Municipal de Guayaquil.

El 16 de agosto de 1848, según el diario oficial del Ecuador, Francisco Santur se recibe en Quito como abogado y suponemos que por un tiempo se dedica a ejercer su oficio, aunque muy bien pudo viajar a la capital francesa a la caída del presidente Novoa. Al menos por un tiempo que no hemos podido determinar, ejerce la legación diplomática de Perú en Chile, donde en 1858 publica, en Valparaíso: “Rápida ojeada sobre la prosperidad de Chile”.

Desde mayo de 1859 hasta 1863 ejerce como rector nombrado del Colegio San Miguel de Piura. Por error la nómina del plantel consigna “Urbina” en lugar de “Urrutia”. Son tiempos en que la ciudad vive de cerca el conflicto militar entre Perú y Ecuador. El presidente Castilla, en plena ocupación de Guayaquil, lo nombra secretario del contraalmirante que comanda la campaña. Es enero de 1860. Poco tiempo dura en ese destino, ya que enseguida el mismo Castilla, quien firma la resolución ahora en Paita, repone a Santur Urrutia en su puesto “siendo evidente la falta notable que hace en el Colegio de Piura”. Esto fue seguramente debido a los temblores que asolaron la ciudad.

El 20 de agosto de 1857, toda la provincia litoral de Piura fue sacudida por un fuerte sismo que destruyó gran cantidad de casas y desplomó las torres de varias iglesias. En el cauce del río Piura, refiere Reynaldo Moya, se produjeron grietas y emanaron aguas negras y calientes. En 1859, otro sismo afectó al parecer a Sullana. En octubre de 1860 otro fuerte sismo terminó de destruir en Piura la iglesia de San Francisco y dañó también el cabildo, la iglesia matriz y la iglesia de Belén. El colegio de Piura había quedado, según señala el periódico de la época, seriamente dañado.

El 9 de diciembre del mismo año Piura jura la nueva constitución, y junto al prefecto coronel Vargas Machuca, una comisión de ciudadanos notables lleva a cabo el acto solemne de proclamación: Francisco Santur, Miguel Echandía, Buenaventura Gutiérrez Francisco Meneses, Manuel Espinosa, Pedro Pablo Ruesta, Juan Monasterio, Baltasar León, María Jiménez y José Joaquín Ramírez. Al año siguiente se inscribe recién, con 48 años cumplidos, como abogado litigante en el distrito judicial de La Libertad.

El poema que dedica a Piura está compuesto en sextinas o liras, que combinan versos de siete y once sílabas, aunque de distinto modo al que popularizará luego en España Núñez de Arce. Santur escribe a la distancia recordando en primer lugar el amor de su madre. Está fechado en 1846, cuando todavía reside en la capital ecuatoriana, y constituye un bonito tributo a Piura. Describe el paisaje en un tono romántico con figuras algo prosaicas, arcaísmos exagerados y repeticiones tediosas, pero entre los versos desiguales hay imágenes hermosas del río, la vega y algunos aciertos expresivos, que manifiestan el deseo de retornar y morir en su patria, deseo que al parecer pudo cumplir el poeta.

Piura

Dulce patria adorada,
pensé mirar tu cielo,
pensé besar tu suelo
y respirar tu brisa embalsamada;
mas sus altos designios Providencia
cumple tal vez en dilatar mi ausencia.

Un solo bien me alcanza,
¡oh, Dios!, benigno padre:
guarda una tierna madre
ídolo de mi vida y mi esperanza.
Con ella menos sentiré las penas
besando, cara patria, tus arenas.

Mi dicha allá se encierra:
¡en ti, patria querida,
termine allá mi vida!
¡Ah, qué, en el seno de la propia tierra
aun perseguido de la infausta suerte,
grato será el llorar blanda la muerte!

Más no serán mis días,
entre los patrios lares,
de angustia y de pesares,
¡qué libre, oscuro, en suaves alegrías,
sin ambición, ni pérfidos engaños
veré correr mis juveniles años!

Allá do el suelo esmaltan,
entre arenas brillantes,
mil fúlgidos diamantes
que en el ardiente sol el brillo exaltan;
y do se mira el asentar las huellas
eclipsarse la luz de cien estrellas

Veré allá tus jardines,
¡Oh, Quito, deliciosa!
También allá la rosa
al suavísimo olor de los jazmines
el suyo junta, y lívida amapola
del iris los colores tornasola.

Allí el rico tesoro:
purpúrea la sandía
y el melón su ambrosía
guardan en urnas de esmeralda y oro,
y agobiada la vid por el racimo,
regala sazonado el fruto opimo.

NI es árida llanura
la margen de mi río
en abrasado estío:
ostenta el algarrobo su verdura,
aromas vierte de sus áureas flores
y entre ellas canta el papagayo amores.

La solitaria vega
es plácido contento,
que en ella el manso viento
en los copados tamarindos juega
y en leves ondas blandamente mueve,
los del algodonal copos de nieve.

¡Oh!, si el numen divino
a mi ferviente ruego
un rayo de su fuego
en mi pecho encendiera repentino,
yo cantara también vuestra hermosura
deidades del amor, ninfas del Piura.

Eterno, o patria, vive
tu honor en mi memoria:
darte no puedo gloria,
mas en mi acento adoración recibe.
¿Ah!, si en peligro, con tu voz llamares,
ofreceré mi vida en tus altares.

Santur Urrutia no aparece en la “Biografía americana o galería de poetas célebres” que se publicó en Santiago de Chile en 1871. José Domingo Cortés menciona tan solo catorce poetas peruanos: Salaverry, Pardo, Segura, Márquez, Corpancho, Larriva, Castillo y otros. Seguramente por eso quedó postergado en un merecido olvido, de cuyo rescate damos cuenta de modo anecdótico, pero que ofrece algunos indicios de la realidad social de la época.

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